Sobre distribución y descubrimiento

| 12/06/2013

Las editoriales pequeñas o independientes, y a veces el Estado, por la manera en que opera la “competencia” editorial, se han dado tradicionalmente a la tarea de publicar escritores jóvenes. De descubrirlos. Por las características del mercado del libro en América latina, los autores jóvenes casi siempre publican primero en estas “plataformas”. Es en estas editoriales donde regularmente surgen talentos y, sin embargo, no es ahí donde está el negocio. Es decir, tratando de competir, estas editoriales buscan novedad y calidad pero persiguiendo siempre la subsistencia; o es el Estado el que busca cumplir una doble función de acercar la cultura a la gente y de promover a los jóvenes literatos. (Por supuesto esto no es lo único que publica el Estado)

Pero casi siempre, en ambos casos, la distribución y ser reconocidos son los problemas a resolver. Usualmente, si están en condiciones, las editoriales pequeñas hacen tirajes de mil copias, que significa invertir una suma importante de su presupuesto para poder acceder a las librerías. La mayor parte de las veces, como no tienen grandes tirajes, dependen de eventos como ferias del libro o similares y/o van de ciudad en ciudad haciendo presentaciones para alcanzar algo de exhibición y ventas. Van cazando notas en los periódicos que muchas veces no se traducen en ventas por que sus libros simplemente no hay forma de conseguirlos. Últimamente he visto que gracias a las redes sociales los autores y las editoriales pueden establecer contacto directo con sus lectores y les pueden enviar por correo los libros. Hace unos años esto era mucho más complicado.

Por otro lado, los grandes grupos editoriales en español, que tienen franquicias en varios países de América latina, han cumplido una importante función: primero, de dar a conocer a estos mismos autores jóvenes en sus países de origen. Es decir, exploran para saber qué sí tiene ventas o calidad dentro del universo, no tan grande, de editoriales independientes y lo incluyen en sus catálogos (minimizando así el riesgo de la inversión). Además, por supuesto, no sólo los autores ya tienen cierto nombre sino que cuentan con presupuestos para publicidad y sus libros están casi siempre en las librerías. Y segundo, también como parte de esta función, consiguen acuerdos y venden los derechos en las grandes ferias de libros buscando que sus títulos tengan una mejor distribución. Aquí ya no sólo dependen de la calidad y éxito, sino también de los buenos oficios de sus editores o de sus agentes. Así, los derechos de estos libros normalmente se venden entre las franquicias del mismo sello editorial para los diferentes países de habla hispána. (Por eso, publicar con ellos no significa tener distribución en América o en otras regiones y esto es así mucho más de lo que la gente sospecha.)

Esta función con el tiempo se convirtió en el mercado y en el modelo de negocio, aquí sí con éxito. Entre otras cosas por eso la FIL de Guadalajara es tan importante por que ahí se gestionan los derechos del mercado de libro en español (que incluye traducciones).

Normalmente el trayecto para un autor, entonces, es publicar con una editorial independiente o del Estado, y si vende bien o la crítica lo recibe bien, publica con un grupo grande, y si tiene éxito en su país entonces lo publican en España y si ahí también consigue un éxito regular entonces ya lo distribuyen en hispanoamérica. Esto también consigue que el autor vaya ganando en prestigio y lectores, fama.

 

Por supuesto, esta es una descripción general y rápida de cómo ha sucedido hasta ahora la edición de literatura en latinoamérica, pero sirve para entender, más allá de las necedades que se dicen sobre la piratería o de la insondable brecha digital, algunas de las razones por las cuáles los grandes grupos han retrasado tanto el acceso de los libros electrónicos en español y especialmente en América.

Estas razones son, en primer lugar, que el modelo de franquicias tan útil, práctico y lucrativo durante tanto tiempo, en un mundo de libros electrónicos se volvería obsoleto y no quieren desprenderse de él. Si un libro se publica digitalmente en Uruguay en teoría está disponible para todo el mundo y por supuesto su mercado natural es el mundo hispánico, no hay necesidad de tantos intermediarios (y por eso Amazon ha tenido aterrorizados a los editores pero también a libreros, especialmente en español, durante tanto tiempo). También, las grandes ferias de libros, a las que acuden los editores de las franquicias a comprar y vender derechos, y de donde resultan tantos beneficios, también pasarían a ser piezas de museo. Además, el gran atractivo de publicar en un sello grande que implica la posibilidad de ser editado más allá de las fronteras, va disminuyendo al punto de que quizá sólo el nombre de la marca sea importante. Y no hay que olvidar que las editoriales pequeñas que respresentan un útil campo de materia prima para los sellos grandes se volverían competencia directa en un mercado internacional. Si un autor y una editorial pequeña son capaces de tener éxito más allá de su espacio físico, geográfico, no creo que un autor considerara cambiar de editorial, seguiría publicando con quien conoce mejor su obra.

 

Pero, por lo menos todavía, ninguna de estas cosas está sucediendo. El mercado de libros electrónicos para el mercado en español de América está en suspenso, está teniendo muy poca disrupción. Sí, la oferta y la demanda de ebooks está creciendo, pero no gracias a que, por ejemplo, se publiquen al mismo tiempo títulos “de renombre” en papel y en digital que tengan el apoyo de la publicidad y que se ofrezcan a precios, en su versión electrónica, más razonables y por lo tanto se vuelvan accesibles para muchos más lectores, especialmente en países donde las librerías son espacios mitológicos. O sea, los grandes sellos continuan tanteando para ver cómo acceder, sin perder lo que ya han conseguido hasta ahora, a un potencial mercado en hispanoamérica. Es decir, aunque el panorama comienza a aclararse, el resultado del impacto real de los libros electrónicos para el mercado en español continúa siendo incierto.

En nuestro caso, por ejemplo, nuestras ventas no son tanto en México, son más en Estados Unidos, en España, en Alemania, o, últimamente, en Italia.  Malaletra está por cumplir su tercer año y en este tiempo hemos descubierto y entendido muchas cosas. Por ejemplo, que muchos de nuestros lectores no están casi nunca cerca de nuestras posibilidades de influencia. Es decir, si sale una nota en un periódico local o incluso de distribución nacional, eso no se ve reflejado en ventas. Si hacemos presentaciones de los libros, no sólo tiene componente anticlimático porque al final no hay libros que firmar, sino que terminan siendo mesas de soporte técnico sobre qué es un libro electrónico y el tema central, que es el libro que presentamos, se diluye en un mar de dudas de cómo comprarlo o leerlo.

Esto nos hizo entender que nuestras limitaciones y nuestra competencia no están aquí. Competimos con los miles de libros que están empezando a publicar en español las editoriales pequeñas o los cientos de libros autopublicados que se suben a Amazon todos los días.

Tratamos, en nuestras colecciones, de tener un equilibrio entre gente reconocida en sus medios e intercalarlos con autores jóvenes. Pero en este grandísimo universo de oferta de libros electrónicos, no hay distinción. Es más, un autor de Tijuana que ha conseguido prestigio en su medio, resulta igualmente desconocido para un lector de Barcelona que un autor autopublicado en Colombia o al sur de Chile. Así, la manera como nosotros competimos con todos estos libros es con los precios y tratando de aprovechar al máximo las bondades de los algoritmos de descubrimiento que tienen las tiendas minoristas de ebooks. Algo que nos ha resultado muy efectivo es dar nuestros libros gratis. Los ponemos para descarga libre durante un par de días y la gente que los baja y que también compra o adquiere otros libros, los hace aparecer en las pantallas de otros lectores con intereses en común. Insisto, esto ha resultado muy efectivo para las ventas, mucho más que que aparezca una reseña del libro en un suplemento de cultura. Otra cosa que nos ha resultado es pagar por publicidad en Facebook, pero no simplemente promocionar una publicación, sino buscar por ejemplo ser vistos por usuarios de la red social que estén en Estados Unidos, en Alemania o en Francia y que lean en español. Aquí lo que buscamos son estudiantes de arte o de literatura que estén allá y que de otra manera se les dificultaría conseguir libros en español.

Es claro que estas cosas sí terminarán por cambiar el ecosistema de la producción, distribución, promoción y acceso de los libros y que tendrá un importante beneficio para los lectores.

Pero también, y aquí me gustaría aventurarme un poco, tendrá un impacto para las estéticas, llamémosles nacionales, especialmente en literatura. Esta forma de franquiciación y producción que confina la mayor parte de los libros al lugar donde fueron hechos, eventualmente terminará. Será posible, no sólo por el tema geográfico pero también por el precio, que se establezcan muchos más diálogos literarios y artísticos entre regiones distantes del español. Y sí, esto ya funciona gracias a internet, pero la tematización por formato y el trabajo de los editores será fundamental para encausarlo hacia conversaciones más ricas.

Este es el texto que presenté en el 1er Encuentro sobre publicación digital en la Fundación Pedro Meyer en la mesa De la publicación independiente a la publicación electrónica

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